Mi historia con Yamely comenzó de una manera que, vista en retrospectiva, resulta casi increíble.
Nuestros caminos se cruzaron en 1998, en una escuela pública, cuando ambos cursábamos el primer grado de secundaria.
Como sucede al comenzar un nuevo ciclo escolar, cada uno debía elegir su lugar. Yo escogí el mío y ella el suyo. Entre los dos había alrededor de tres filas de distancia.
Parecía que así iban a quedarse las cosas. Pero aquel mismo día ocurrió algo inesperado. Algunas compañeras comenzaron a pedirme que les cambiara mi lugar.
Yo era un chaval tímido y bastante tranquilo así que dije bueno, nada me quita cambiarles mi lugar. Accedí a cambiarle el lugar a la primera que me lo pidió. Después llegó otra. Y luego otra.
Y así, entre un cambio y otro, terminé sentado justo frente a ella.
Frente a Yamely.
Yo ya la había visto. Tenía el cabello lacio, castaño oscuro, tan largo que le llegaba hasta la cintura. Tenía la piel clara, unos ojos que llamaban la atención y una sonrisa que, al verla, hacía difícil no enamorarse.
También tenía un aroma muy particular. No sé exactamente cómo describirlo. Simplemente me atraía. Era un olor que asociaba con ella y que, muchos años después, todavía sería capaz de reconocer en mi memoria.
Yamely era, además, la chica más aplicada del salón. Y probablemente también la más seria.
Con el paso de los meses comenzamos a hacernos amigos. Sin darnos cuenta, empezamos a tomarnos cariño.
Competíamos para ver quién obtenía la mejor calificación.
A mí, sinceramente, nunca me había interesado demasiado la escuela. Pero ella comenzó a convertirse en una especie de motivación. Pensaba que, si conseguía ser un buen estudiante, quizá ella se fijaría en mí.
Así que poco a poco comencé a mejorar mis calificaciones. Lo curioso es que, aunque a ella le gustaba que yo fuera aplicado, también veía en mí otras cosas de las que yo todavía no era completamente consciente.
Le gustaba que fuera callado y serio. Pero, al mismo tiempo, intuía que detrás de ese silencio había una persona cariñosa.
Nos hicimos muy amigos. A veces hablábamos por teléfono. Otras veces yo iba a visitarla a su casa. Y mientras nuestra amistad crecía, yo comenzaba a enamorarme de ella. No fue un enamoramiento pasajero. Me estaba enamorando profundamente.
Pasó primero de secundaria y nosotros seguimos siendo amigos.
Yo era demasiado torpe para entender cómo funcionaba aquello del amor. No sabía cómo decirle lo que sentía. No sabía si ella sentía lo mismo. Y, sobre todo, no sabía cómo dar ese primer paso.
Llegó segundo de secundaria. Era 1999 y el ciclo escolar estaba a punto de terminar. Entonces ocurrió algo que yo jamás había imaginado.
Una amiga de Yamely me dijo que ella estaba enamorada de mí. No lo pensé dos veces. En ese momento Yamely estaba en el patio de la escuela. Yo bajé corriendo las escaleras desde un segundo piso. La busqué. Y le propuse que fuera mi novia.
Ella aceptó.
Así, después de casi dos años de amistad, de miradas, conversaciones, llamadas telefónicas, visitas y esa especie de amor silencioso que había ido creciendo entre nosotros, finalmente nos hicimos novios.
Yo fui feliz.
Muy feliz.
Todo aquello que había deseado durante tanto tiempo finalmente estaba sucediendo.
Por primera vez pude tomar su mano como su novio. Y cuando la toqué sentí un calor que nunca había experimentado antes.
Hoy sé que aquello era amor. Un amor adolescente, ingenuo y absolutamente sincero.
Me sentía aliviado.
Feliz.
Completo.
Pero aquella felicidad duró muy poco.
Nos hicimos novios un viernes. El lunes siguiente volvimos a vernos y nos besamos.
Habían pasado apenas una o dos semanas cuando un día regresé de la escuela y encontré a mi mamá angustiada.
Me dijo:
—Recoge lo que puedas de tus cosas. Te vas a vivir con tu papá. En este momento salimos a la terminal de autobuses.
No podía creerlo.
No quería irme.
Por fin había conseguido estar con Yamely y, de repente, aquello se estaba consumiendo frente a mí a cada minuto.
Hoy, viendo las cosas desde la distancia, me parece increíble que no se me hubiera ocurrido llamarla para despedirme. Fui demasiado ingrato.
Pero tenía trece o catorce años. No sabía cómo enfrentar una despedida así.
Recogí lo que pude, metí algunas cosas en mi mochila y nos fuimos a la Terminal de Autobuses del Norte.
Lloré durante prácticamente todo el camino de la Ciudad de México a Guanajuato.
Y mi dolor tenía todavía otra razón.
Yamely me había contado que, al terminar la secundaria, ella y su familia tenían planes de regresar a Nueva York.
Ella ya había vivido allá durante algunos años. Yo sabía que probablemente se iría. Y ahora yo también estaba dejando la Ciudad de México.
De pronto, todo parecía indicar que nuestras vidas se separarían por completo.
Pensaba que quizá nunca volvería a verla.
Y entonces, en medio de aquel dolor, comencé a repetirme algo en silencio:
Tengo que volverme famoso.
Tengo que hacer algo para que ella sepa dónde estoy y podamos volver a encontrarnos.
Lo curioso es que, visto desde hoy, aquella idea resulta casi profética.
Yo ni siquiera tenía pensado dedicarme a la música. Todavía no sabía qué iba a hacer con mi vida.
No tenía una carrera musical.
No tenía un proyecto.
No tenía un nombre artístico.
Era solamente un adolescente de trece o catorce años que acababa de perder, de un momento a otro, a la persona de la que estaba enamorado.
Y, sin embargo, dentro de mí apareció aquella idea:
Algún día tendría que volver a encontrarla.
No sabía cómo.
No sabía cuándo.
Ni siquiera sabía quién iba a ser yo cuando eso ocurriera.
Pero quería que ella pudiera encontrarme.
Y así, aquel amor que apenas había comenzado, terminó de la manera más abrupta posible.
No hubo una ruptura.
No hubo una pelea.
No dejamos de querernos.
Simplemente nos separaron las circunstancias.
Después pasó mucho tiempo.
Muchísimo.
Y aunque la vida siguió avanzando, nunca pude sacarla completamente de mí ni de mi corazón.
Durante años nuestras vidas caminaron por caminos distintos.
Cada uno hizo su propia historia.
Pero aquella niña de cabello largo, aquella sonrisa que me había enamorado desde el primer año de secundaria, siguió guardada en algún lugar de mi memoria.
Y algún día, muchos años después, volveríamos a encontrarnos.
Pero esa historia, tendrá que esperar.
Este capítulo forma parte de Mi vida, mi Amor Bonito, la autobiografía de Luis Maum.